La poesía y el arte

En la pintura Saturno Devorando a su hijo Francisco de Goya representa una especie de gigante con aspecto monstruoso y enloquecido, con un cuerpo humano despedazado entre las manos en pleno proceso de devorarlo. Una boca abierta, deforme, junto a unos ojos desorbitados, un pelo pajizo y seco, sobre un cuerpo amorfo dan como resultado una imagen infrahumana y grotesca. Esta es una de las tantas pinturas del período en que Goya produjo una obra perturbadora, en la que mostró las desgarradura que había dentro de su alma. Aquello que su oficio de pintor real no le permitía hacer.

A primera vista no pareciera posible que el mismo pintor del cruel Urano hubiese podido producir un cuadro como el de La familia de Carlos IV. En esa obra Goya muestra a la familia de Carlos IV y María Luisa de Parma con detalle. Un retrato majestuoso y cargado de un aire de dignidad. Goya además se incluyó en el cuadro a la manera de Velázquez, participando en la tradición de reivindicar la importancia de su papel como retratista de la corte.

El trabajo de estos creadores en una época en la que a duras penas podían utilizar su oficio como una herramienta expresiva fue crucial para el concepto de arte que manejamos hoy en día. La profundidad del pensamiento que está detrás de cada una de las obras que nacieron del genio de quienes componen el canon de la historia del arte, y cuyo trabajo es parte del desarrollo del pensamiento humano fueron la base que ha permitido a creadores contemporáneos acercarse al arte para emprender su búsqueda intelectual y expresiva.

Sucedió con la pintura, con la escultura, la música y la arquitectura. Pero también con la literatura y la poesía. De todas las formas de arte la poesía es quizás la más difícil de definir y de entender. Es complejo definir qué hace a Lord Byron o a Federico García Lorca artistas que llegaron a lo sublime. Su forma de componer, su estilo, su manejo de la palabra, pero también su temática, la construcción de las imágenes, la sensibilidad, la sutileza. Puede uno sumirse en un análisis académico y profundo, de esos que cuentan sílabas y utilizan los conceptos de los recursos literarios más técnicos que se estudian en las escuelas de letras, pero al final lo que hace a la poesía y a los poetas es el alma de los lectores. En el fondo el poeta, el artista, escribe porque lo siente, porque tiene ese arranque, ese arrebato, cargado de sensibilidad, de reflexión profunda o de la mezcla de ambos de poder llevar al papel aquello que le dicta su mente, su corazón, su intelecto. Algunos lo llaman inspiración, otros genio, otros reconocen que es el fruto del ensayo, del error, del trabajo arduo, del coraje de decir lo que sienten sin que importe lo que digan los demás. Muchos no fueron reconocidos en su tiempo.

Tantos como García Lorca murieron en la oscuridad sin conocer realmente el papel que jugaron en tantas almas que al leer aquello que salía de su corazón les hacía sentir que se reflejaban en un espejo.


El de Goya es solo uno de tantos ejemplos que muestran como la artes logran amalgamarse entre sí. Como hay pinturas que son poemas, así como hay poemas que pintan tan claro como el pincel de un gran maestro. Los caminos de Robert Frost, el fuego de Neruda en sus Versos del Capitán. Flores, ojos, mareas, barcos, vientos. Desde un hombre que expresa su tormento en la imagen más descarnada salida de los principios de la mitología griega hasta una carta de amor. La poesía existe porque el hombre necesita decir aquello que la onomatopeya no cubre y que la razón no alcanza a formular. La poesía no debe definirse ni entenderse. Es solo sentirse. Y no hay mayor goce que sentir que un sentimiento profundo tiene eco. Allí está el valor inconmensurable de las formas honestas y profundas de arte.

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